Lea el semanario del FANTU, “El Cartero Antitotalitario No.46”

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Editorial

Simón Ter-Petrossian, más conocido como «Kamo», por la manera poco ortodoxa con que pronunciaba en ruso «Komu», que quiere decir: ¿A quién?, murió atropellado por un camión en el año 1922. Lenin lo elevó al Panteón de los Héroes de la Revolución y le erigió un monumento, que años más tarde José Stalin destruyó y esparció sus huesos en lugares desconocidos.

Kamo le sabía a Stalin muchísimas cosas, entre ellas, la alianza de este con los mencheviques a espaldas de Vladimir Lenin para poder ejercer un Poder Político Real en La Duma, más acorde a sus intereses demagógicos. También para ejecutar grandes atentados a personalidades zaristas usando el dinero de esta facción, obtenido con técnicas fuera de toda opción civilizada.

Pero además, Ter-Petrossian sabía, que el futuro dictador soviético había sido expulsado del Partido Bolchevique, en 1901, en Tiflis, y luego en 1907, en Bakú. Todo debido a su violencia, falta de lealtad y sentimientos autodestructivos que pusieron en peligro a los camaradas menos avispados y fuera de contexto en las tácticas asesinas de éste.

Tampoco era oculto que Stalin había promovido alianzas secretas con grandes burgueses y aristócratas conocidísimos por sus relaciones con el Gobierno Zarista. Como fue el caso de los muy famosos industriales Savva Morozov y Leónidas Krasin, así como con El Príncipe Abaschidze y «El Rey del Manganeso», Bartolomé Kekelidze.

Esto, y la información de primera mano que manejaba Kamo sobre atentados, extorsiones, asesinatos y robos por parte de la «La Cuadrilla», un grupo de matones manejados por Stalin con el objetivo de llenar las arcas de Lenin. Fue óbice para que la memoria histórica de Ter-Petrossian fuera borrada del mapa y sus huesos desperdigados por algún lugar de la Siberia.

Ellos habían asaltado juntos el vapor «Zarévich Giogi», el 20 de septiembre de 1905, que produjo una cantidad ostensible de muertes a mano de aquellos crueles personajes de historieta. Razón  por la que Stalin siempre se cuidó de mantener a raya a estos elementos criminales, que en un futuro dado podían poner su nombre en entredicho.

Cuando alcanzó el Poder Total, y vestía la toga del «César Bolchevique», el georgiano astuto se encargó de cambiar la historia para así despejar toda duda sobre su persona. Por eso; tenía que alejarse como fuera de aquellos tiempos turbulentos en la ciudad de Gori, una ciudad sin ley, o de Batumi, donde habían quemado fábricas y casas en nombre del proletariado mundial, o de Bakú, sitio donde los crímenes aún no se olvidan por su esencia inhumana.

Stalin no hubiera sobrevivido a una revisión de la tradición marxista-leninista, y tampoco a una relación de su nombre con un criminal que amenazó la existencia de miles de personas y los bienes de una nación en nombre del comunismo. Ni tampoco hubiera podido imponer su poder unipersonal, si las personas hubieran sabido que se trataba de un ser de calaña baja y pueril.

Kamo y Stalin fueron hijos de una locura colectiva, que ensangrentó en los tiempos turbios de la Revolución al pueblo ruso. Que de algún modo, trasmitieron también al Estado Soviético los métodos sucios de trabajo, que les fueron útiles durante sus años de crueldad al frente de las turbas, que hicieron posible el asalto al Poder Soberano, el poder de los ciudadanos.

Una Nación a todas luces cercenada y cruenta, donde la ley que se impuso fue la norma aprehendida durante el proceso de toma del poder. En el que el Aparato Político se impuso al ciudadano, a todas luces, un ritmo marcado por los años de traiciones, deslealtades y criminales sentimientos que impulsaron lo que se conoció más tarde como «La Revolución de Octubre».

Lenín tuvo gran parte de la culpa, fue él quien aglutinó con su ideario a tantas personas disfuncionales como Kamo y Stalin, quienes se dedicaron a llenar las arcas del Partido. Luego, ya consolidado el crimen que fue la URSS, el hijo del alcohólico y desaliñado Besarion Dzhugashvili, se hizo con las riendas del poder en El Kremlin y poco a poco se construyó una leyenda de «Santo Laico», como la de su mentor Vladimir Ilich Lenin.

El Director.

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