NKDV, El gran asesinato.

stalinlenintrotsky

Por: Miguel Fariñas Quey.
El Condado, Santa Clara, Villa Clara, 10 de junio del 2015 (PN). He aquí reconstruida después de 19 años, la historia confidencial del asesinato de León Trotsky, el crimen político más brutal y meticulosamente planeado de nuestro tiempo. «Coloqué el abrigo sobre la mesa, de modo que pudiera sacar el piolet (piqueta de alpinista) que tenía en el bolsillo», dijo Ramón Mercader.
Continuó: «Cuando Trotsky comenzó a leer mi artículo, tomé la piqueta, cerré los ojos y le descargue un tremendo golpe en la cabeza. El hombre gritó de una manera que nunca olvidaré. Fue un ay yyy… prolongadísimo, infinitamente largo. Se incorporó como loco, se tiró sobre mí y me mordió la mano. Mire usted, aún se puede ver la señal de sus dientes».
Con estas palabras describió la muerte brutal que dio a León Trotsky, patriarca bolchevique expatriado, el célebre y misterioso asesino, que dijo llamarse Jacques Mornard. Este hecho ocurrió el 20 de agosto de 1940, dentro de la villa protegida con puertas de acero y celosamente resguardada con seguridad personal, que ocupaba Trotsky en las afueras de la Ciudad México.
El supuesto Mornard, que en realidad era el comunista español Ramón Mercader, reclutado y oficial activo de la NKVD, la famosa CHEKA, o Policía Política de Lenin, fue condenado a 20 años de presidio en la penitenciaria federal azteca. Ya dentro de la cárcel él recibió la orientación de jamás revelar su verdadera identidad, para mantener confundida la opinión pública.
En agosto de 1960, cumplió su condena y salió libre. Durante todo este tiempo se negó a descubrir su nombre verdadero, sus motivos y vinculaciones políticas. A pesar de la máscara, con el paso de los años se reconstruyó su verdadera identidad. Se llamaba Ramón Mercader del Rio, es español, tenía entonces 46 años, y aprendió el arte de asesinó en Moscú.
Mató a Trotsky por orden de la más temible policía secreta del mundo, el Servicio Soviético de Seguridad, llamado entonces NKDV, aunque la obstinación del matador en ocultar su identidad haya permitido a quienes maduraron el crimen repudiar toda relación con él. Cuando fue detenido la policía le encontró una declaración de tres páginas escrita a máquina en francés, fechada y firmada a lápiz a última hora.
Hacía constar en ella que era hijo de una antigua familia belga, que se había afiliado al movimiento trotskista cuando estudiaba periodismo en Paris. Conoció luego a Trotsky y habiéndose desilusionado de él, decidió matarlo cuando el viejo bolchevique quiso forzarlo a ir a la Unión Soviética con el objetivo de organizar un complot para asesinar a Stalin.
Pronto se comprobó que tales afirmaciones y las detalladas explicaciones que dio, hizo que nada se consideraran de importancia y después que fueran falsas y absurdas, porque las gentes, las escuelas, las señas que mencionó no existían, o eran totalmente distintas a las relacionadas por él. Pero no hubo razonamiento capaz de hacerle cambiar la fábula.
Durante seis meses Mornard fue sometido a un examen psicológico intensivo practicado por el Dr. José Gómez Robleda, director de estudios médicos-biológicos de la Universidad Nacional de México, y el Dr. Alfonso Quiroz Curaron, profesor de criminología.
El prisionero, que al principio se mostraba desconfiado de los facultativos, poco a poco llegó a hablarles sin reservas, aunque nunca les confesó, sin querer les reveló muchas cosas relativas a su personalidad. La opinión de los médicos coincidió en que el asesino era un hombre extraordinario.
Dominaba varios idiomas, tenía gran atractivo para las mujeres y sabía conquistar la simpatía de los hombres. Pasaba por un caballero en cualquier parte, poseía una inteligencia superior, gran serenidad, aplomo y notables dotes de actor, todo esto le servía en su auténtica función de agente de un servicio de inteligencia.
Mostraba marcado interés por los juegos de azar, el alpinismo, la navegación a vela, todo esto lo dotaba de una imagen de señor distinguido. Su destreza manual y sus aptitudes mecánicas eran excepcionales. En una ocasión le dieron un rifle Máuser, procedió a desarmarlo en la oscuridad y volvió a armarlo en menos de 4 minutos.
Las respuesta que daba a ciertas pruebas de asociación de palabras descubrieron su profundo conocimiento de las doctrinas estalinistas y en varias ocasiones dejó traslucir su educación moscovita. Cierta vez por ejemplo se refirió a un individuo llamado Kamo, figura casi desconocida en el Occidente, pero heroica dentro de la NKVD, cuya historia se estudia en las escuelas soviéticas de infiltración y sabotaje.
Sometido a una prueba de pronunciación Mornard dejó escapar en su francés nativo, excelente por cierto, varios dejos de acento castellanos, además su familiaridad con todo lo de España era tan sorprendente, por lo que se dedujo, fuese un comunista español.

En setiembre de 1950 logró el Dr. Quiroz Cuaron documentar esas sospechas con una prueba que encontró en los archivos de la policía en Madrid, las impresiones digitales de un hombre llamado Ramón Mercader, que fue detenido en Barcelona como organizador de las juventudes comunista en 1935, esas huellas digitales coincidían con las de Jacques Mornard. Las fotografías que las acompañaban, correspondían a su persona.
Don Pablo Mercader Marina, un caballero alto y de edad madura, que vivía por entonces jubilado en Barcelona, miró detenidamente un retrato del matador de Trotsky y al cabo de un rato dijo: «Si este es mi hijo». Don Pablo no tenía noticias de que Ramón hubiera sido el autor del crimen de Trotsky.
Hacía mucho tiempo que no sabía de su mujer ni de él, y añadió: «No quiero renovar relaciones con ninguno de ellos». Desde entonces otras revelaciones hechas por excomunistas han contribuido a establecer nuevos hechos relativos a la extraña historia de Mornar o Mercader.
Helo aquí: Ramón Mercader del Río nació en Barcelona en 1913, fue el segundo hijo de Doña Caridad del Río Hernández y Don Pablo Mercader, caballero este de tendencia conservadora y de buena familia, aunque de escasa fortuna.
Era Doña Caridad una dama de sociedad, muy guapa, de genio vivo y caprichosa, que a la edad de 33 años, dio rienda suelta a su espíritu aventurero. Comenzó entonces a frecuentar la compañía de bohemios y revolucionarios Barcelona, y en 1925 se fue a vivir a Francia. Allí se afilió al partido comunista, tuvo muchos enredos amorosos con destacados comunistas franceses y actuó como estafeta clandestina.
Ramón vivía unas veces con su madre y otras con su padre, pero adoraba a esta y pronto cayó en el círculo de sus sediciosos amigos. Cuando estalló la Guerra Civil Española en 1936, Ramón y Doña Caridad fueron de los primeros voluntarios para combatir a Francisco Franco, ahí la coyuntura hizo que entrara un nuevo amor en la vida de Caridad Mercader.
Leonid Eitingon, general de la NKVD quien bajo el nombre operativo de General Kotov, organizaba los comandos y cuerpos de sabotaje de los leales a la República. Uno de sus discípulos fue Ramón Mercader. Lo que no podían sospechar Caridad y Ramón, era que el General Kotov en el futuro sería designado por el propio Stalin, como el principal cazador y asesino de León Trotsky.
Lev Davidovich Bronstein, un judío ruso, mundialmente conocido como León Trotsky, había concebido y planeado con Lenin la Revolución Bolchevique de noviembre de 1917. Stalin en esos días era apenas un oscuro dirigente de Lenin, pero a la muerte de este logró aislar políticamente a Trotsky, y en 1929, lo expulsó de la Unión Soviética.
Desde entonces vivió Trotsky de un lugar a otro, perseguido por los mastines de Stalin. Su secretario fue asesinado en España, y su hijo murió envenenado en Francia. En 1937 Trotsky buscó refugio en México.
Caridad y Ramón estaban en Moscú con el General Kotov. Ramón recibía clases especiales en las artes del terror. Ya se habían trazado los planes del gran asesinato. Solo faltaba escoger al hombre para llevarlo a cabo. Ramón que hablaba español era el ideal para entenderse con Trotsky en México.
Por medio del método sutil de la policía secreta NKVD soviética, se decidió que Mercader se hiciera grato al círculo familiar de Trotsky a través de una conquista amorosa. Lo que actualmente se conoce operativamente como Acercamiento a través de un Agente Romeo.
Debía seducir a una de sus colaboradoras, Sylvia Ageloff, joven norteamericana que era visitadora cotidiana al círculo íntimo de Trotsky. Ella era adicta al grupo Trotskista de los Estados Unidos. La NKVD arregló las cosas de modo que se encontraron “casualmente” en Paris en el verano de 1938.
Ramón, un empedernido conquistador femenino, quien era un joven de buena presencia y bien provisto de dinero, debió parecerle a Sylvia todo lo que una chica puede apetecer. Desde entonces se hicieron compañeros inseparables.
Mercader, siguió a su amada a Nueva York, provisto de un pasaporte falso expedido a nombre de Frank Jackson (El original que sirvió para falsificarlo pertenecía a un canadiense de las Brigadas Internacionales, muerto en España). Por un lamentable descuido de los técnicos soviéticos especializados en falsificación de documentos, el apellido quedó con un error de ortografía, debió de ser Jackson y no Jacson.
Tras recibir una “oferta de trabajo” en México, se trasladan, allí ya se encontraba Kotov, quien dirigiría el asesinato, acompañado de Caridad Mercader. Ésta le había asegurado a un amigo que el papel de su hijo se limitaría al de espía, averiguar la clase de seguridades con que se rodeaba la Villa de Trotsky en Coyoacán, entonces un suburbio residencial de la capital mexicana.
Mediante la amistad con Sylvia, Ramón consiguió su acceso en la Villa, en sus frecuentes visitas. Al principio se le ordenó, no acercarse al dueño de la casa, así no levantaría sospechas. Incluso el propio Kotov le orientó que proyectase una imagen de poco comprometimiento político y de indiferencia hacía lo que los trotskistas hacían.
Aun así, él solía vagar por toda la Villa, tomaba fotos con una cámara que llevaba escondida, y ante todo, confió a su memoria la mayoría de los detalles que posteriormente informaba al General Kotov. Ese material informativo fue enviado a Moscú, donde la NKVD lo archivó en un expediente especial, pues Stalin estaba apurado en la ejecución.

Vladimir Petrov, el funcionario de espionaje soviético que apostató en Australia, en abril de 1954, ha declarado que personalmente vio el expediente operativo sobre el asesinato de Trotsky, en el año 1948. Estas confesiones de un miembro de la hasta ese momento hermética, la siniestra KGB soviética trasparentaron los motivos del asesinato.

Petrov aseguró, que contenía la documentación completa de la vida de Lev Trotsky, incluso hasta sus últimos días con vida. También, afirmó que en las primeras horas de la madrugada del día 24 de mayo de 1940, los espías soviéticos en México, realizaron un ataque frontal a la amurallada casa de Trotsky.

Se conoció por el arrepentido Petrov, que un grupo de 20 hombres disfrazados con uniformes de la policía y el ejército mexicano, llegaron en automóviles hasta la residencia. Allí dieron la contraseña y al ser abierto el portalón, descargaron un mortífero fuego de ametralladoras a través de la ventana del aposento, donde los esposos Trotsky dormían con su nieta de 11 años.

Trotsky, su esposa y la niña escaparon milagrosamente de las balas, tirándose al suelo debajo de la cama. Después de un mes de investigaciones, la policía mexicana desentrañó el caso, fueron  arrestadas y llevadas a juicio unas 24 personas, no obstante, Ramón Mercader quedó fuera de toda sospecha.

Pasado apenas cuatro días del referido ataque, Mercader se ofreció para llevar a la señora de Trotsky con algunos amigos en automóvil a Veracruz. Fue entonces, que tuvo ocasión de verse con su futura víctima, entró en el patio de la villa, habló breve y cortésmente con Trotsky, e incluso le regaló a un nieto, un avión de juguete.

Solamente un hombre con nervios de acero era capaz de cumplir una orientación de este tipo, tan cerca del frustrado asesinato que el mismo había ayudado a preparar. Moscú optó entonces por desechar el golpe comando, y decidió que un solo individuo lo ejecutase, y asignó a Ramón Mercader, el papel de protagonista en el mismo.

Mercader intensificó su programa de infiltración, durante las tres últimas semanas de julio del 40, e hizo cinco visitas a los esposos Trotsky, sin olvidar el delicado detalle de llevarle una caja de bombones a la señora. El 17 de agosto, él  fue donde Trotsky para enseñarle el borrador de un artículo que escribía, Trotsky había accedido a revisárselo para que lo publicara.

Ambos hombres, pasaron 11 minutos solos en la biblioteca, Trotsky le dijo después a su esposa que había notado algo extraño en aquel joven. Tras este encuentro que había sido el ensayo final, Ramón, le informó al General Kotov, que todo estaba listo para cumplir la misión. Mientras, su madre Cariad se opuso, pues temía que lo eliminaran o resultara preso.

El 20 de agosto, los esposos Sylvia y Ramón se encontraron con un guardaespaldas de Trotsky en una tienda del centro de la ciudad, y le dijeron a éste, que se irían al día siguiente a los Estados Unidos. Pero que antes pasarían a despedirse de Trotsky. Ramón se disculpó con los dos y se retiró con el pretexto de que tenía negocio que resolver.

Ante esto, Sylvia regresó sola al hotel, ella no sabía que no lo volvería a ver más. Mientras Ramón de manera apresurada salió a recibir las últimas instrucciones para realizar el magnicidio. Y sobre todo, cómo se le iba a ser su retiro vivo de la Villa, algo que le fue asegurado por su padrastro Kotov, quien le informó que varios automóviles aguardarían por él fuera del recinto.

A las 5: 30 de la tarde de ese mismo día, Mercader se presentó en la villa de Trotsky con el artículo ya terminado. Llevaba al brazo un impermeable de kaki, cosido al mismo escondía un puñal y en un bolsillo, la piqueta con el mango recortado para ocultarla mejor, y en uno de los bolsillos posteriores del pantalón guardaba una pistola automática calibre 45.

Esperaba despachar su misión criminal con un solo golpe contra su víctima, con una de las dos armas perforo-cortantes, y así evitar ruido, la única forma de poder salir sin que nadie lo advirtiera. Pero en caso de que algo saliera mal… ahí estaba la pistola para abrirse paso a tiros.

Los guardias al reconocerlo le abrieron sin vacilar las dobles puertas eléctricas con que contaba la Villa. Uno de ellos lo acompañó hasta el lugar donde Trotsky daba de comer a sus conejos. La señora se extrañó al verlo con un abrigo impermeable en un día tan claro,  Mercader le respondió: «Así es, pero este tiempo no durará mucho, puede llover más tarde».

Trotsky evidentemente no quería separarse de sus conejos, pero al fin se quitó los guantes de trabajo y entró en la casa. Ramón lo siguió hasta la biblioteca, y una vez dentro, Trotsky cerró la puerta y se sentó en su escritorio, al alcance de su mano tenía cargada una pistola automática calibre 45. Ramón se plantó a su izquierda para impedirle el acceso al botón de alarma.

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