No sé por que me critican tanto? Pues quien le garantizó la comida a la gente, fui yo.

carne_roja

Por: Guillermo Fariñas Hernández.

La Chirusa, Santa Clara, 8 de febrero del 2015, (PN). Olegario es mi amigo, desde que tengo uso de razón, como el niño que estaba en la parte clara del día en la casa de mis abuelos paternos en pleno barrio El Condado, Santa Clara. Pero también fue mi enemigo, cuando en las noches pasaba a la vivienda de mis abuelos maternos y mi madre en la barriada La Chirusa.

A pesar de ser contemporáneos nunca coincidimos en ninguna escuela primaria, puesto que mis padres consideraron, que debía estudiar alejado de esos barrios marginales para no ir a parar a la cárcel. Por eso realicé los estudios del preescolar hasta el 5to grado en José Antonio Echeverría, localizada en calle Juan Bruno Zayas y Las Flores, cercana al centro de la ciudad.

Mientras que mi amigo estudió, o mejor dicho, recibió clases en la Escuela Primaria «Leoncio Vidal», sita en calle Estrada Palma y Ciclón, en pleno El Condado. Allí resultó estigmatizado por ser parte de una familia numerosa, sin estar orgánicamente integrada a la Revolución, además con unos marcados bajos niveles adquisitivos y culturales de sus padres.

Al iniciar el nivel educativo de Secundaria Básica, mi padre que había sido miembro del Ministerio del Interior (MININT) y ahora era dirigente del Ministerio de la Industria Ligera (MINIL), determinó que yo tenía que pasar a una escuela militar. Guillermo Fariñas Señor dijo sin apelación: «A este muchacho hay que inscribirlo en Los Camilitos o será carne de prisión».

En esa escuela castrense donde se formaban los pre-cadetes, quienes después serían los futuros oficiales del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR), también existían marcadas manifestaciones de violencia, agresividad y la marginalidad de la que intentó alejarme mi progenitor. Solo que allí era una agresividad militarizada, fanática, cruel e intolerante.

Sin embargo, él, mi amigo, no corrió con igual suerte. Pasó casi de manera directa desde el 6to  grado hacia El Centro de Reeducación de Menores de Villa Clara, que se encontraba en el Kilómetro 4 de la Carretera de Malezas. Pero por su «guapería» resultó trasladado al Centro de Reeducación de Menores de Mayor Rigor «Las Grimas», cercano a Placetas.

Allí hizo toda la Secundaria Básica y también aprendió con sus condiscípulos las mañas delincuenciales que aún desconocía. Él se ganó el odio especialmente del Jefe de Reeducación de Menores del MININT en la provincia, el Mayor Marino Rivero, porque era un irreverente y al que no se podía engañar o manipular con nada.

Cuando finalmente salió de aquel lugar, que en realidad era una escuela para la formación de lozanos delincuentes, debido a que los Reeducadores usaban métodos como El Matonismo para dominar a la masa de jóvenes delincuentes. Ya había aprendido a palanquear rejas de ventanas, a forzar llavines, violentar casas, asaltar personas y carterear bolsillos.

Por estar marcado en la totalitaria sociedad castrista tuvo que reincidir en la violación de la Ley. En la primera manifestación delincuencial en que se involucró fue el carterismo, y en ella le fue bien, debido a que por su conformación anatómica poseía los dedos largos, además de una sangre fría que dejaba impresionado a otros malhechores de mayor veteranía.

Con el dinero fácil que recibía, aunque arriesgado, se acostumbró a beber grandes cantidades de bebidas alcohólicas y algo de pastillas para olvidarse de los riesgos. Nunca creyó en las mujeres alegres que se le acercaban, porque esas venían a la búsqueda de los buenos momentos, pero los sentimientos amorosos en ellas eran pura pantomima.

Llegó el Periodo Especial, manera muy castrista de denominar a la Crisis Económica, que paralizó a Cuba en los años 90 del pasado Siglo XX. Ahí comenzó a hacerse sentir, pues se transformó en el terror del ganado mayor en la región central de la Isla e incluso, en un momento de extrema persecución policial, pernoctó más de seis meses en las sabanas de Santa Clara.

Perdió hace tiempo la cuenta, de cuántos caballos o vacas entraron vivos a su vivienda, sita en  Callejón de Constantino entre Rio Bélico y Rodolfo Valderas, y de allí salieron hechos bistec o boliches de carne para ser consumidos. Esta personal pretensión de intentar sustituir a los Ministerios de la Industria Alimenticia y de Comercio Interior le costó 21 años en prisión.

Dice que ya está viejo y no desea regresar a las ergástulas, por eso trabaja con el Estado, para que los recurrentes Jefes de Sectores de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) lo dejen tranquilo. Asegura sonriente con sus ojos alcoholizados: «Yo no sé por qué me critican tanto por matar vacas y caballos, pues en el Periodo Especial quien le garantizó la comida a la gente, fui yo».

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