Ella necesitó una sola mirada para decirme mil palabras. De esas cosas que nos pasan en la vida.    

mulata de coco 2 Por: Guillermo Fariñas Hernández.                                                                                                                                       

La Chirusa, Santa Clara, 26 de enero del 2015, (PN). Nos miramos primero de frente y después de reojo al encontrarnos en la concurrida, popular, granitada y ancha acera, de la no menos famosa heladería «Coppelia» en La Habana. Aunque un poco más adiposa, por los casi 26 años transcurridos desde entonces, pero continuaba en su eterno status de buena hembra.

Mientras nos observábamos mutuamente, vi en sus ojos que jamás había dejado de ser aquella cimarrona sexual, que siempre fue en los cinco años que estudiamos una carrera en la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas. Si ella me escrutaba con curiosidad, yo también hice lo mismo… pero con morbosidad.

A mi mente afloraron un grupo de recuerdos eróticos de la ya bien pasada adolescencia, y en especial aquellos viajes desde el centro del país a los conciertos en la escalinata de la Universidad de La Habana con los trovadores Pablo Milanés o Silvio Rodríguez. Donde cantábamos a todo pulmón los temas que más nos gustaban a ambos: «Yolanda» y «El Unicornio Azul».

En sus pícaras pupilas en fracciones de segundos me percaté, que al igual que yo, ella tampoco había tirado al saco del olvido aquellas inefables orgias de puro sexo bajo los árboles de la Quinta de los Molinos. Lugar donde le podíamos dar rienda suelta al liberalismo individual, que nos embargaba y convertía en una peligrosa e irremediable mezcla de hedonistas con positivistas.

Aquellas batallas sexuales entre nosotros que llegaban sin cansancio ni exageraciones, hasta que el amanecer hacia acto de presencia, por lo que debíamos retornar a Santa Clara y aparentar solo ser colegas de clases. Puesto que ella tenía un novio en su provincia de origen y no deseaba bajo ningún concepto dejarlo, aunque conocía de sus infidelidades carnales por allá.

Puede ser que yo ya esté medio ciego, pero juraría que ella, mi antiguo amor carnal, se atrevió y me saludó, como se diría en lenguaje patopsicológico: «Con un marcado lenguaje extraverbal». Mi nerviosismo ante su inesperada presencia, me paralizó, y tengo que reconocer, ella, mi cimarrona sexual, en este aspecto fue mucho más osada que yo.

En los parámetros formales de esta retorcida sociedad donde se sobrevive dentro de Cuba, ella y yo debemos ser y aparentamos ser unos “enemigos irreconciliables”. Porque mi antigua locura erótica está en el bando de los que defienden, o aparentan hacerlo, a ultranza a este sistema castro-raulista y por eso no pudo saludarme.

Tampoco yo le pude preguntar por su hijo, que algunos, bien o mal intencionados, me han asegurado que se parece mucho a mí y no al que un día fue su padre oficial. Este adolescente al que nunca he visto, casualmente nació a finales de 1988; o sea, que se concibió sexualmente, en el mes de marzo de ese mismo año, cuando aún nos entregábamos el uno al otro.

Me quedé con unas enormes ganas de sentarme a tomarnos un helado en la cremería más famosa de esta Isla, y allí conversar, debatir, discrepar y hasta concertar respecto a nuestras actuales cosmovisiones de lo que ha ocurrido en este mundo y en Cuba desde que nos separamos. Porque yo sé que mi perspectiva ha cambiado, pero… y la de ella seguirá inmaculada.

Pero me contuve en hacerlo, porque conozco, siento y algunas veces me percato, que tengo un chequeo constante sobre mi persona y no quiero perjudicar al prójimo, y mucho menos a ella. Debido a que sería algo contraproducente, que yo un “connotado contrarrevolucionario y anticastrista” salude en plena vía pública a una persona de su rango militar.

Me quedó la duda en el medio del pecho de que si algún día, y en mejores circunstancias políticas, podremos hablarnos explícitamente, porque personalmente tengo muchas cosas que preguntarle a la cimarrona. Y siempre rezaré para que ella y yo lleguemos vivos a la ya cercana etapa de tolerancia entre todos los compatriotas de este Archipiélago.

Una amiga y colega común a la que ella le relató el encuentro en plena calle, me trasmitió de su parte, que me cuide, que siente orgullo de mi y que trata de estar al tanto de mi vida. Le reciproqué los saludos hacia ella, porque en un final ahora ella es una teniente coronel del Ministerio del Interior, no obstante, ella necesitó una sola mirada para decirme mil palabras.

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