No es tiempo de timoratos, errores perjudiciales para la colectividad.

José Luis

Por: José Luis León Pérez.

El Gigante, Santa Clara, Villa Clara, 19 de enero de 2015, (PN). Hay quienes al ver algo incorrecto, o sintiéndose maltratados o «peloteados», culpan al Estado, al país, así en abstracto. Son inexactos y, sobre todo, injustos.

Precisamente porque se ha vuelto una mala práctica responsabilizar con los errores a entidades, de modo genérico, la crítica no siempre resulta lo eficaz que debiera. Es tiempo de ponerle el cascabel al gato. Eso, en definitiva, significa mejorarnos la vida y ayudar a derrocar la obra de los Castro.

Además, suele ocurrir que llegada la hora de criticar algunos se sobrecogen y, en el peor de los casos, optan por el silencio, con la ilusión de que arremeter contra la ineficiencia, el descontrol o la corrupción es emprenderla contra el sistema impuesto. Ser temerosos y prudentes no significa acallar el señalamiento o la denuncia.

A veces, también por miedo a ser remetidos o sancionados, no se le pone nombres y apellidos a las responsabilidades incumplidas, a las faltas.

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Sin embargo, todos merecemos que las cosas fueran de otro modo. Porque hay errores perjudiciales para la colectividad. Además de la lastimadura más común cuando, digamos, el pan llega bajo de peso o con mala calidad, ocurren barrabasadas mayores que, en última instancia, afectan al arca común a la cual cada uno tributa.

A pesar de tales verdades, algunos llevan el silencio a los labios llegado el momento de los puntos sobre las íes. Entre tales timoratos figuran los temerosos de «ser mal vistos» por sus superiores o por otros compañeros, quienes pudieran pensar que han dejado de serles leales.

A esos les asusta también que los criticados, u otros que tengan similar techo de vidrio, «les viren los cañones». Pero, ¿para qué haría falta conservar la amistad o «estar en buena» con quien no actúa ni piensa del lado de la ética y la honradez?

Claro, una cosa es denunciar con evidencias, demostrar con pruebas, y otra bien distinta es difamar, dejar correr infundados venenos, chismecitos de pasillo. Las personas que así actúan o no están de este lado del tablero o son gente mezquina, de alma miserable.

Es importante entender que para defender nuestras posiciones y principios ideológicos también hay que poner nombre propio a los errores. Aunque, ciertamente, hace falta tener entereza para señalar con el dedo, sobre todo al tratarse de directivos que pudieran confundir responsabilidad con poder y tomar represalias.

Mas no hay que amedrentarse ante quien deja que le roben o roba, dilapida o abusa de sus prerrogativas, no exige a sus subordinados o confiere privilegios y mantiene una doble moral. Esos están entre los que más daños causan.

Si este pueblo ha asumido con una enorme integridad las malas decisiones por 56 años, y ha enfrentado las más tremendas carencias en aras de un ideal, ¿cómo, entonces, le va a faltar ahora para ponerle nombre, apellidos y sanción a los errores?

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